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La tristísima literatura 25 de mayo de 2010 |
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Ricardo Chávez Castañeda No existe mejor imagen para conceptos como Tradición y Ruptura que una infinidad de seres humanos, alineados desde tiempos inmemoriales para llegar hasta el día de hoy, pasándose de mano en mano un acto, o, como si de un beso se tratase, de boca en boca una palabra. Es una bella imagen si se piensa en el amor, en el maíz, en la cuna y en las demás agraciadas creaciones humanas. |
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Tradición, poner las manos y poner la boca. Y, sin embargo, en ocasiones, aquello que viene dándose de persona en persona, infringiéndonos unos a otros desde el pasado, son el resentimiento, la bala, el ghetto y todas las demás creaciones humanas no de la gracia sino de la desgracia. Ruptura sería entonces romper la fila y retirarse para que aquello no pase por mí. Lo que trato de decir es que este mundo - y bueno, ustedes saben lo que es este mundo- ha pasado por nuestras manos y por nuestros labios, nos guste o no nos guste, queramos o no saberlo. De esta tradición y ruptura quiero hablar hoy. De la responsabilidad de todo un mundo pasando o no pasando a través nuestro. Una de las primeras malas enseñanzas que se nos inculca en el oficio literario es que hay muy pocas historias que nos interesen a los seres humanos. Se habla de una decena, a veces de un poco menos, pero se concuerda en que, quienes contamos, no hemos hecho nada distinto que repetir, como un coro o como un eco plañidero, la vieja historia del amor finito, la trágica historia de la muerte, la infinita historia de la traición. Otra de las malas enseñazas del oficio –acaso la peor- es que la felicidad no puede escribirse; es decir, que la literatura que narra no sabe recoger la felicidad. Nunca, sin embargo, me fueron entregadas juntas estas dos enseñanzas quizá porque, así, hechas nudo, crean algo parecido a una triste bofetada. ¿La bofetada?: de esos escasos temas que son pertinentes para los seres humanos, los relatores de historias no somos sino los mensajeros de sus malas partes; si hablamos del amor, contamos que nos destruye, que se ensucia, que nunca se sale bien librado de allí; si narramos la vida relatamos su indiferencia, su crueldad, su engaño, su violencia; si apalabramos la muerte es para relatar que nos busca, nos encuentra, nos devora y nos olvida. Las rancias malas nuevas de la humanidad contadas y recontadas gracias a nosotros. Sucede que además de la mano en mano con que nos heredamos los actos y de la boca en boca con que nos heredamos las palabras, hay también un relevo de aquello que nos acontece a las personas, las gracias o desgracias de la experiencia humana que venimos transmitiéndonos desde tiempos inmemoriales para no olvidar ni lo que somos ni aquello de lo que estamos hechos. Ahora viene lo difícil de explicar. Las historias son cicatrices, una marca. Exponerse a una historia es entonces ofrecer la propia piel para que la cicatriz sea fijada allí como tatuaje. He aquí entonces los dilemas de la tradición y la ruptura en este plano de las historias. El primero: dar o no dar la propia piel. Tal es el dilema para los lectores. El dilema para los escritores es perverso: contagiar a las personas con esta herida mía por siempre abierta o bien dejar a la gente mía en paz de mí. Ante la disyuntiva de contagiar o no el dolor, dos mujeres lo han dicho todo. Elizabeth Costello, personaje creada por el escritor sudafricano Coetzee, arguye que hay historias reales o ficticias que jamás tendrían que ser escritas, y cuyo contenido, por supuesto, nunca de los nunca debería compartirse; historias como trampas de las que no se sale indemne pues pervierten, corrompen, dañan a quien se expone a ellas. Elizabeth Costello pugna entonces por el silencio y su argumento es que los seres humanos debemos cuidarnos los unos a los otros. Susan Sontag, cuando viva y cuando joven, pensaba parecido. Ella, específicamente refiriéndose al arte de la fotografía, y en concreto a la fotografía testimonial de la guerra humana, defendía esa otra variante del silencio que es la lámina blanca: no preservar ciertas imágenes abominables porque ningún ojo humano que recayera allí podría levantarse jamás. Cerrar los ojos, apagar la cámara, auto censurarse por mí y por todos los míos que son ustedes, era su principio ético. Y sin embargo, antes de morir, Susan Sontag envejeció y entonces cambió radicalmente su postura: todos debemos ver el mundo que hemos creado, no podemos dar a nadie la oportunidad de sentirse a salvo de lo que sucede sobre la faz de la tierra, somos -sin distinción- responsables. Las palabras que privilegió Susan Sontag por encima del “cuidarnos los unos a los otros” fueron “entérate y responsabilízate de tu obra”. Tal fue su boca a boca antes de fallecer. He aquí pues el dilema para quienes nos dedicamos a contar historias: llevar o no la herida a los otros. Sucede que existe una tercera terrible revelación en el oficio de ser artista – misma que nadie te enseña pero a la que tarde o temprano desembocas por propia mano, por propia boca, pero sobre todo por propia cicatriz-. Tercer terrible saber: en realidad nunca hubo decisión, voluntad, vocación, iluminación, inspiración y demás agudas mentiras que te cuentan la historia de cómo naces artista. La verdad es que alguna vez el mundo te pasó por encima y no supiste morir. Entre las muchas llagas incurables resultantes de tu tragedia, te ocurrió la inevitable ceguera. Coágulos donde tenías ojos; oscuridad donde había luz. “Pero veo”, te defiendes, me defiendo, nos defendemos, “yo veo”. Digamos que es una especie de milagro, o al menos así lo parece en un principio. Imagínenlo: la luz adentrándosete por el cuerpo a través de las heridas que te abrió el paso del mundo y tú reaprendiendo a ver el mundo con esos agujeros en la piel. La verdad es que los hilos de luz que te penetran no son luz, y las heridas no son ojos, y aquello que contemplas -tarde o temprano lo descubres- no es el mundo sino la espalda del mundo. El único horizonte desplegado para tu eternitud: la espalda mundo que te pasó por encima y se aleja indiferente. Ahora estoy más cerca de la verdad. Imaginen una plasta humana en el suelo que ni supo morir ni quiere morir aún, y que aunque ya no tiene posibilidad de subirse a la rodante fiesta del mundo, está debatiéndose entre gritar o no. Tradición o ruptura: acallar el impertinente dolor o darle voz. Es decir, hacer llegar o no los alaridos a quienes allá adelante –aún aupados, aún girando- no han acabado de entender que nada puede estar bien si para que el mundo continúe con su rotante fiesta se precise ir dejando atrás tanta aplastada humanidad. Enloqueces. “Enfermedad”, “demencia”, “perversión” nunca ha sido adjetivos gratuitos a la hora de calificarnos. Y es que justamente cuando descubres por qué haces lo que haces y por qué eres lo que eres –“artista”, hacedor de “arte”- viene la última enseñanza: la duda. Y aprendes a dudar y es esto lo que dudas: ¿es el grito la tradición o es el grito la ruptura? Es decir, ¿es el silencio lo que debemos darnos los seres humanos de mano en mano, de boca en boca, de piel en piel, para cuidarnos y poder seguir viviendo esta vida a pesar de los pesares, o es el silencio lo que hay que romper, desbaratar, hacer pedazos con las manos, con la boca, con cada porción de piel? Por supuesto que alguien en el tormento del sufrimiento se inclinará por el alarido. ¿Pero es esa razón suficiente? ¿Es el arte un mero pretexto para la impertinencia de seguir vivos y continuar aullando un dolor que no sirve para nada ni para nadie? De este punto en adelante, mis palabras no son confiables. Hay demasiado puesto en juego aquí para que un puro afán de honestidad y una sincera –y seguramente impertinente- confesión garanticen algo más que una verdad personal, con la cual he estado buscando un boca a boca no para dar sino para recibir respiración. He aquí, pues, mi reducida verdad. Los aplastados por el mundo tenemos tres opciones. Primera opción: aplastar a otros –que es una manera de heredar una tradición-. Segunda opción: silenciarte y morir -que es un estilo de ruptura-. Tercera opción: intentar hacer algo con aplastamiento que te ocurrió para que salpique más allá de tu reducido diámetro. Es decir, convertir tus gritos en algo que pueda ser pasado de mano en mano como una caricia o de boca en boca como un beso. Ni tradición ni ruptura sino la amalgama de ambas, como un nudo, como un bofetón: la tradición de romper, la tradición de la ruptura. Quien ha sido aplastado no es nunca un ser pacífico ni benévolo ni agradable ni cómodo. Sería pedirnos demasiado. Quienes optamos por la tercera opción que es la tradición del romper con el mundo que nos pasó por encima no tenemos sino un refugio para llevar allí todo la agonía, la perversión, el delirio de tal tentativa de darle sentido a tu tragedia. Ese lugar - no puede ser de otro modo- se llama utopía. Y no se olvide que estamos locos, enfermos, y que somos incapaces de movernos de allí en donde nos quedamos prensados. Hace poco alguien me tendió la mano y también la boca para decirme algo que yo no había entendido. Narrar historias es heredarnos los problemas que los seres humanos aún no logramos resolver: por eso son pocos los temas que obsesivamente escribimos y reescribimos, para no olvidarlos y no permitir que nadie los olvide, y por eso nuestro rol es el de dar la mala nueva de que, porque yo escribo de la deslealtad, del desamor, de la crueldad, y porque ustedes me leen y me entienden, entonces todavía nos hacen daño, y es ese daño el que debemos continuar pasándonos de boca en boca y de mano en mano. Acaso - y esta es la descabellada esperanza de la utopía-, acaso alguna vez, entre todos, logremos desviar el curso del mundo para que el odio, el hambre, la indiferencia, la violación, no marquen nunca más la piel de nadie y entonces sus dolorosas cicatrices se borren incluso de la literatura. Si hubiera que concluir este triste legado de enseñanzas, revelaciones y verdades que es el oficio de narrar historias, yo agregaría una más. Las historias, con las cuales hacemos daño y pedimos que nos ayuden a sufrir, son el único regalo que podemos dar quienes nos dedicamos a esto. Un mal regalo, cierto porque no puede haber nada benigno en ser mensajero de rancias malas nuevas, y sin embargo este mal regalo guarda una esperanza. Su esperanza: provocar el buen regalo. Toda historia pide otra historia que la transforme. Provocar la capacidad de imaginar aquello que hubo de suceder para que tal historia no ocurriera, es el secreto anhelo. Ver surgir en uno de nuestros lectores una nueva historia que interrumpa o desvíe o haga innecesaria la primera historia, la nuestra, la que viene siendo funesto coro o eco plañidero de bisabuelos a abuelos y de abuelos a padres desde los tiempos inmemoriales. He aquí lo que -enfermos, locos y ebrios de afán utópico- intentamos en síntesis los aplastados de la tercera opción. Una paradoja, no podía ser de otro modo: hacer historias que, tarde o temprano, se tornen innecesarias y, en definitiva, empujar la imaginación hacia la creencia y luego hacia la existencia de un mundo que nos haga a nosotros innecesarios. Mi verdad –y repito: sospechen de mí, sean escépticos-: estoy, junto con los otros miles de aplastados, escribiendo las historias trascendentes de nuestro tiempo porque irónicamente son tales historias trascendentes las que están en proceso, ojalá, de la intrascendencia. La única literatura valiosa, dicho en pocas palabras, es aquella cuyo objetivo sea desaparecer de la piel humana y entonces de la mano humana y entonces de la boca humana. Desaparecer del mundo. Ser un tradicionalista de la ruptura, concluyo, es sobrevivir -allí donde aplastados no acabamos de morir-, por una sola imagen. Imagínenlo conmigo: infinidad de seres humanos, alineados desde tiempos inmemoriales para llegar hasta el día de hoy, pasándose de mano en mano un acto, o, como si de un beso se tratase, de boca en boca una palabra, o cual si fuese una epidemia, las tristes llagas de mi piel a tu piel, y de pronto descubrir que en mi boca no hay sino silencio y que mi mano nada sostiene y que la herida mía, por siempre abierta, ha cicatrizado al fin. La persona que está delante de mí –imagínenlo, mi amada hija, por ejemplo- me miraría confusa porque yo no le doy sino una nada de la que ella nada entiende, una nada – a Dios, gracias, o mejor dicho A todos los seres humanos, gracias-.de la que ella nada tendrá que entender jamás ¿Lo imaginan?: de mi mano a la mano de mi hija, de mi boca a la boca de Fernanda, de mi piel a tu piel, hijita querida, la desaparición milagrosa del amor que se acaba, del resentimiento, de la bala, del ghetto, del hambre? Entonces vale la pena no haber muerto; entonces vale enteramente la pena la tristísima literatura. 25 de mayo de 2010 |
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La creación de la destrucción Ricardo Chávez Castañeda Hay muchas gracias en la literatura –motivos y motivos de agradecimiento-; pero también hay muchas desgracias. Una de ellas es que te obliga a mirarte como ningún espejo lo conseguirá jamás. La página escrita acaba convirtiéndose en una especie de híbrido entre máquina de rayos equis y una silla eléctrica; es decir, al mismo tiempo que te desnuda, te despelleja; las revelaciones y las quemaduras se te hunden hasta los huesos. |
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Realmente empecé a conocerme cuando brotaron las primeras historias de mis manos. Antes de mis historias, yo únicamente era ese Ricardo con quien ustedes suelen toparse día con día - el de la sonrisa eterna, el de la sinceramente buena onda, una persona casi naturalmente inclinada hacia la paz, en todos los sentidos de este “hacer las paces con el mundo”-, pero cuando mis manos llegaron por primera vez al papel surgió, digámoslo fácilmente, la guerra. Las personas que me han leído suelen inquietarse. ¿Por qué?, me preguntan educadamente cuando en realidad se han horrorizado como yo me horroricé de mí. ¿Quién es el real, el Ricardo real? , parecen preguntarse mientras miran disimuladamente mis manos, mis benditas malditas manos. ¿Y qué puedo decir yo? Me he inventado muchas metáforas para tratar de explicarlo, pero hoy quiero intentarlo de nuevo. ¿Se acuerdan de ese famoso cuento de hadas de “El Rey Midas”, aquel hombre que vio cumplido su deseo y todo lo que era tocado por sus manos, por sus dedos, se convertía en oro? Bueno, pues al revés. Todo lo que yo toco suele convertirse en desgracia, en catástrofe, en desolación. No voy a preguntarme enfrente de ustedes por qué o cuándo me fue dado este malvado-precioso don, sino que voy a intentar justificarme. Lo primero, yo no elegí ver lo que veo; es decir, no elegí escribir lo que escribo. He hablado un millón de veces de los Innuits y de su mundo frío y de su fantástica percepción del color blanco, no del color blanco que nosotros percibimos sino de la decena de “blancos” que perciben sus palabras, sus ojos, su piel, su entero aparato de sobrevivencia. Infinitamente lo repito para decirme y decirles que nadie decide el mundo en el que nace y el espécimen de humanidad que verá surgir en sí para salvarse. Uno es lo que es y, en el arte, entre más rápido lo aceptes, mejor. Si yo no hubiera querido saber que soy un Innuit para lo que llamamos “desgracia”, suelo repetírmelo, no habría tenido que escribir nunca. El mundo de la desgracia también es blanco y gélido. Lo sé porque aquí vivo, además de en la paz, la sonrisa y la buena onda. De la palabra “desgracia”, mi piel, mis ojos, mi lengua, mis manos, han creado –por decirlo con sencillez- todo un diccionario y con ese vocabulario amadamente odiado yo percibo un espectro de tragedias revoloteándonos encima con la buena hambruna de lo que preferiría extinta a la humanidad. La confesión acaso innecesaria: alguna vez el mundo me pasó por encima y no me levanté. Soy como aquel personaje de Cortázar de “ Las babas del diablo ” que no ha muerto pero tampoco vive y lo único que le queda es relatar la porción de cielo que ve desde su eterna posición yaciente…. Aunque dicho sea de paso, yo caí boca abajo. Me fui de bruces, por la razón que haya sido, y quedé de espaldas al cielo, con la cabeza ladeada, mirando lo que desde aquí abajo se ve que son los niños, siempre la niñez humana, pero también a toda la humanidad que ha perdido pie, solidez, equilibrio, y que ha apoyado una rodilla para sostenerse o se ha sostenido en otro o que vacila y tristemente se viene abajo con la lentitud del derretimiento. Narro lo único que veo. Desde la superficie del mundo, relato entonces las grietas del suelo humano, los declives y los antepechos, sus agujeros como pozos. “Siempre se está acabando el mundo para alguien”, podría ser el resumen de lo que hago. Por eso en mi literatura todo trata de las amenazas y de los derrumbamientos. Pero en cámara lenta, repito; en una inquietante parsimonia; como si a mí se me hubiera concedido la gracia no de ver un mundo que de pronto se detiene – cual ese célebre cuento de Borges- sino testimoniar el casi cruel apaciguamiento de esa furia suya para destruirnos; así que lo que percibo yo es el detalle, el cuadro a cuadro del cumplimiento compulsivo de la tragedia. Pero miento – lo digo ahora acaso para convencerme a mí y persuadirlos a ustedes-, miento porque el regalo de la lentitud en el espectáculo del sufrimiento que mis ojos y mi piel han aprendido a percibir, sucede que en ocasiones florece el milagro. El milagro. De verdad. Dicho con sencillez: a veces hay alguien o algo que detiene la caída. Imaginen una niña de largo pelo negro, un niño de botines de charol, una pareja amorosamente embrazada que camina cuidadosamente desatenta hacia una larga y honda grieta del mundo humano. Imaginen mi dicha cuando en ocasiones la niña o el niño o la pareja no se abisman por allí. Los veo recuperar pie y sonreír nerviosos. ¿Estás bien?, se preguntan entre sí o inquiere quien tendió la mano o la palabra para sostener a uno de los niños, o murmuran con una falsa interrogación“¿estoy bien!”, congratulándose todos los que recuperaron el equilibrio, el paso y su vida ante mí. Diría que escribo en espera del milagro. Diría que no hay mayor gracia en esta desgracia de ser un especialista en la desolación que ver recuperar el equilibrio a quienes trastabillaron y verlos seguir adelante hasta que se pierden en la lejanía. Especialista en la desolación. Desolación quiere decir, entre otras muchas cosas, perder el sol. Yo perdí el sol porque caí de bruces. De cara al suelo, sin embargo, he descubierto que, aunque no puedo ver nubes ni aves ni azules ni estrellas, el cielo está conmigo, pues me pregunto y les pregunto ¿dónde empieza el cielo? ¿Allá arriba en el dominio de la estrellas o un poco más abajo en la cara blanca de la luna o un poquitín más abajo en el ciego resbalar de las nubes o más abajito aún en el alado y alelado ir y venir y subir y bajar de las aves o apenas aquí cerca en aquella copa de aquel árbol? Lo que he descubierto yo desde aquí es que el cielo comienza a un palmo del suelo, a la altura de los tobillos de cada ser humano, y que mientras nadie completamente se derrumbe en la caída, entonces continúa allá arriba, digámoslo así, en vuelo, junto con el sol, las estrellas, la luna, las nubes, las aves, las frondosas copas de los árboles y el sinfín de manos que aún pueden ayudarle. “Hasta ahora todo va bien”, “hasta ahora todo va bien”, me digo a mí mismo que eso escribo, cuando veo venir por ejemplo a un chico que se ha arrojado desde la azotea de su desesperanza, y el chico en su lenta caída, parece de verdad volar, agitando los brazos que de pronto parecen rozar el milagro de lo alado. “Hasta ahora todo va bien” me repito como si de una oración se tratara, mientras escribo que ahora él ha pasado, a toda velocidad de esa velocidad acuosa, frente a la ventana del quinto piso y luego ante el balcón del cuarto piso, como si él en realidad nadara y no se estuviera desplomando, y después hasta el tercer piso en donde ha atravesado la mirada de una chica, y de allí ha seguido hacia el segundo piso, pero ya no solo, pues la chica se ha lanzado detrás para ver si logra alcanzarle. Hasta ahora todo va bien, ¿saben? Yo digo eso porque yo estoy abajo y los veo venir casi juntos, pero también porque yo soy esa chica, quiero serlo, lanzada toda ella tras el chico de la desesperanza de alta cima. Supongo que escribir infinitamente la caída humana por ver un milagro así es lo que hace agraciada mi desgracia de escribir lo que escribo, lo que soy. Hasta ahora todo va bien. Hasta ahora todo va bien, repito como si rezara, porque acá abajo –lo juro- no hay nadie más, no hay nada más. |
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Era un juego. Imagina que por alguna razón tu destino es acabar viviendo en una isla desierta —te decía alguien, y agregaba—. El problema es que allá sólo puedes tener diez libros: ¿Cuáles serían esos libros que te llevarías contigo? El desafío era elegir, de entre todos los libros que conocías, aquellos que sabrían ser inagotables para ti o bien aquellas obras a través de las cuales tú podrías seguir siendo humano. En pocas palabras, la literatura que salvarías para que te salvara. Ricardo Chávez Castañeda |
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